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29 Julio 2006
ESTA ES UNA PEQUEÑA COMPOSICION LITERARIA ESCRITA HACE 100 AÑOS Y QUE FUE DEDICADA A TODA AQUELLA PERSONA QUE:
“HACE LAS COSAS QUE DEBE HACER PARA CUMPLIR CON SU TRABAJO”
EN UN MUNDO TAN COMPETIDO SE NECESITAN PERSONAS QUE PUEDAN CONTRIBUIR A QUE LOS NEGOCIOS PROSPEREN Y GENEREN BIENESTAR A LA SOCIEDAD MUNDIAL.
SE NECESITAN PERSONAS QUE CONCRETEN EN ACCIONES SU CONTRIBUCION INDIVIDUAL Y COLECTIVA Y NO SE ESCUDEN EN PRETEXTOS PARA NO CUMPLIR LA PARTE QUE LES TOCA HACER. “UN MENSAJE A GARCIA” (Por: Elbert Hubbard)
INTRODUCCION:
Esta joya literaria, fue escrita en una tarde, después de la comida, en una sola hora. Era el 22 de febrero de 1899, natalicio de Washington.
La edición de marzo de PHILISTINE iba a entrar a la prensa, Fue un brote entusiasta de mi corazón, escrito después de un día pesado, en el que había agotado mis esfuerzos tra-tando de mover algunos aldeanos indolentes, de su estado comatoso al de una actividad radical.
Mas la verdadera inspiración broto al calor de la discusión, mientras bebíamos una taza de te, con mi hijo Bert, quien sostenía que el verdadero héroe de la guerra de Cuba era Rowan, quien, por si solo, había realizado la obra; había llevado el mensaje de García.
Como un relámpago iluminó mi mente; sí mi hijo tenia razón, héroe es quien realiza la obra, quien lleva el mensaje a García. Me levante y escribí: “Un mensaje a García”. Tan poco importante me pareció el articulo que lo publiqué en la revista sin titulo. Lancé le edición y en breve vino la demanda por mas y mas ejemplares de le edición de marzo de Philistine; una decena, cincuenta, cien. Cuando la compañía de Noticias Americanas pi-dió mil ejemplares, pregunté a mis ayudantes qué artículo había así conmovido al públi-co. Era el artículo acerca de García.
Al día siguiente George H. Daniels, del Ferrocarril Central de Nueva York, nos mando el siguiente telegrama:
“Coticen precio cien mil ejemplares del articulo Rowan en forma de panfleto con un avi-so del Empire State Express al final y digan cuan pronto pueden entregarlos”.
Contesté dando precio añadí que entregaríamos los folletos en dos años. Nuestros talleres eran entonces muy pequeños y cien mil folletos nos parecían una enormidad.
El resultado fue que autoricé el señor Daniels para que reimprimiera al articulo como el quisiera. Salió en forma de folletos y en la cantidad de medio millón.
El señor Daniels imprimió dos o tres veces medio millón y el articulo lo reprodujeron además, mas de doscientos periódicos y revistas. Después se tradujo a todas las lenguas.
Cuando el señor Daniels distribuyo el “Mensaje a García” estaba aquí el príncipe Hilakof, director de los Ferrocarriles de Rusia. Era huésped del Ferrocarril Central de Nueva York y el señor Daniels lo acompaño en su viaje a través del país. El príncipe vio el articulo y se intereso en el probablemente no por otra causa que por la de que el señor Daniels lo estaba distribuyendo tan en grande. De todos modos. Cuando regreso a su país lo hizo traducir al ruso y dio un ejemplar a cada empleado de los Ferrocarriles de Rusia.
Otros países siguieron el ejemplo y de Rusia paso a Alemania, a Francia, a Turquía, el Indostán y a China.
Durante la guerra entre Rusia y Japón, cada soldado llevaba consigo un ejemplar del “Mensaje a García”. Los japoneses encontraron estos folletos en manos de los prisioneros y deduciendo que deberían tener algún merito, los tradujeron a japonés. Y de orden del Mikado se dio un ejemplar a cada empleado del gobierno japonés, civil o militar.
“Un mensaje a García” se ha impreso en mas de cuarenta millones de ejemplares suma que jamás ha alcanzado publicación alguna, quizá gracias a una serie de accidentes feli-ces.
“UN MENSAJE A GARCIA”
En La historia de la guerra cubana, hay un nombre que se destaca en mi memoria como Marte en Perihelio.
Al estallar la guerra entre Estados Unidos y España; eran indispensables comunicarse fá-cilmente con el jefe de los revolucionarios de cuba. En esos momentos este jefe el general García estaba emboscando en las asperezas de las montañas; nadie sabia donde. Ninguna comunicación le podía llegar ni por telégrafo, y no obstante era preciso que el presidente de los Estados Unidos se comunicara con el. ¿Que hacer?
Alguien dijo al presidente: “Si es posible encontrar a García, conozco a un tal Rowan que lo hará”.
Buscaron a Rowan y se le entregó la carta para García.
Rowan tomo la carta y guardo en una bolsa impermeable sobre su pecho, cerca del cora-zón. Al cuarto día salto de la sencilla canoa que lo había conducido a la costa de Cuba, desapareció por entre los juncales y después de tres semanas se presento al otro lado de la isla, después de atravesar a pie un país hostil; y habiendo entregado a García el mensa-je de que era portador.
No es el objeto de este artículo la narración detallada del episodio que he escrito a gran-des rasgos; lo que quiero hacer notar es lo siguiente:
Alguien le dio a Rowan una carta para que se la entregara a García, y Rowan no pregun-to: ¿A DONDE LO ENCUENTRO? ¡Santos cielos! he aquí a un hombre que debe ser inmortalizado en bronce y su estatua en todos los colegios del país.
No es erudición lo que necesita la juventud, ni enseñanza de tal o cual cosa sino la incul-cación del amor al deber, la fidelidad a la confianza que se le deposita, el obrar con pron-titud, el concentrar todas sus energías para...
Hacer bien lo que se tiene que hacer: “LLEVAR UN MENSAJE A GARCIA “
El general García ha muerto; mas quedan otros muchos García.
Todo hombre que ha tratado de llevar a cabo una empresa en la cual necesita la ayuda de muchos otros, se ha quedado azorado con frecuencias ante la estupidez de la generalidad los hombres, su incapacidad o falta de voluntad para concentrar sus facultades en una idea y ejecutarla.
Ayuda de pacota, craso descuido, execrable indiferencia a apatía por el cumplimiento de sus deberes, tal es y ha sido siempre la rutina; así ningún hombre sale avante, ni jamás se logra éxito alguno si no es que con amenazas o de cualquiera otra manera se obliga a so-bornar a aquellos cuya ayuda se necesita.
¡Ah querido lector, haz tú la prueba!
Te supongo muy tranquilo sentado en tu despacho y a tu alrededor seis empleados dis-puestos todos a servirte. Llama a uno de ellos y hazle este encargo: “Favor de buscar la enciclopedia y hacerme un breve memorando acerca de la vida de Corregio”.
¿Esperas que tu dependiente con toda calma te conteste;“ Si señor” y vaya tranquilamente a poner manos ala obra ?.
¡Por supuesto que no!, abrirá desmesuradamente los ojos, te mirará sorprendido y te diri-girá una o más de las siguientes preguntas:
¿Quien fue Corregio?
¿Cual enciclopedia?
¿En donde esta la enciclopedia?
¿Me corresponde eso a mí?
¿Usted quiere decir Bismarck, no es cierto?
¿No seria mejor que lo hiciera Carlos?
¿Ha muerto ya?
¿No seria mejor que la trajera el libro para que usted mismo lo buscara?
¿Para que quiere usted saber?
Apuesto diez contra uno, a que después de haber contestado a tales preguntas y explica-do como hallar la información que deseas y para que la necesitas, tú dependiente se mar-chara confuso e ira a solicitar ayuda de sus compañeros para “encontrar a García” y re-gresará después para decirte que no existe tal nombre.
Puedo por excepción perder la apuesta, pero en la generalidad de los casos tengo muchas posibilidades de ganarla.
Si conoces la ineptitud de tus empleados, no te molestaras en explicarle a tu ayudante que Corregio se encuentra en la letra C y no en la K; te limitaras a sonreír, e iras a buscarlo tú mismo.
No parece si no que se hace indispensable el nudoso garrote, el temor de ser despedido el próximo sábado, para retener muchos empleados en sus puestos. Solicitase un taquígrafo, y de cada diez que ofrezcan sus servicios, nueve no sabrán escribir con ortografía y algu-nos de ellos consideran este conocimiento como secundario.
¿Podrá tal persona redactar una carta a García?
¿Ve usted ese tenedor de libros? Me decía el administrador de una fábrica.
“Si... ¿y que con el?”
“Es un gran contador, pero si le confió una misión, tal vez por casualidad la desempeñe con acierto, pero temo que en el camino se detenga en cada cantina que encuentre y cuando llegue a su destino, haya olvidado a que fue “.
¿Crees querido lector, que a tal hombre se le pueda confiar “UN MENSAJE A GARCIA”?
Últimamente ha sido excitada nuestra compasión por los enternecedores lamentos de los desheredados, esclavos del salario, que van en busca de empleo y esos ecos a menudo van acompañados de maldiciones para los que están “arriba”.
Nadie compadece al patrón que envejece antes de tiempo esforzándose en vano para con-seguir que el aprendiz chambón ejecute un trabajo bien; ni nos ocupamos del tiempo y paciencia que pierde en educar a sus empleados en sus quehaceres, empleados que flojean en cuanto vuelve la espalda.
En todo almacén o fábrica se encuentran muchos zánganos y el patrón se ve obligado a despedir a sus empleados todos los días, por su ineptitud para defender los intereses de la negociación; a estos siguen y seguirán muchos iguales. Este es invariablemente la historia que se repite en tiempo de abundancia; solo que cuanto, por efecto de las circunstancias escasea el trabajo, tendrá el jefe la oportunidad de escoger con mas cuidado, señalando la puerta de los ineptos y holgazanes.
Por interés propio, cada patrón procura conservar lo mejor que se encuentra; es decir, aquellos que puedan llevar UN MENSAJE A GARCIA.
Conozco a cierto individuo que se halla dotado de cualidades y aptitudes verdaderamente sorprendentes, pero que carece de la habilidad necesaria para manejar sus propios nego-cios, y es en absoluto inservible para los demás sufre la monomanía de que sus jefes lo tiranizan y tratan de oprimir.
No sabe dar órdenes, ni siquiera recibirlas. Si se le confía un MENSAJE A GARCIA, contestara probablemente: “Lléveselo usted mismo”.
En estos momentos, este individuo recorre las calles en busca de trabajo, sin más abrigo que un deshilachado saco por donde se cuela el aire silbando.
Nadie que le conozca accederá a darle empleo; a la menor observación que se le hace monta en cólera y no admite razones, será preciso tratarlo a puntapiés para sacar de él algún partido.
Convengo de buen grado en que un ser tan deforme, bajo el punto de vista moral, es dig-no cuando menos de la misma compasión que nos inspira el lisiado físicamente; pero en medio de nuestro filantrópico enternecimiento, no olvidemos derramar una lagrima por aquellos que se afanan en llevar a cabo una empresa, cuyas horas de trabajo son limita-das, pues para ellos no existe el silbato; por aquellos que a toda prisa envejecen, a causa de la lucha constante que se ven obligados a sostener contra la mugrienta indiferencia, la andrajosa estupidez y la negra ingratitud de los empleados que, a no ser por espíritu em-prendedor de aquellos, se verían sin hogar y acosados por el hambre.
Son demasiado severos los términos es que acabo de expresarme tal vez si; pero cuando todo el mundo ha prodigado su compasión por el proletario inepto, yo deseo pronunciar una palabra de simpatía por el hombre que ha triunfado, el hombre que, luchando grandes obstáculos, ha dirigido los esfuerzos de otros, y después de haber vencido, se encuentra con que lo que ha hecho no vale nada, solo la satisfacción de haber ganado su pan.
Yo mismo he cargado la portaviandas y he trabajado por el jornal diario; y también he sido patrón de empresa, empleando “ayuda” de la misma clase a que me he referido, y se bien que hay argumentos por los dos lados.
La pobreza en si no reviste excelencia alguna, los harapos no son recomendables ni re-comiendan por ningún motivo. No todos los patrones son ladrones y tiranos, ni tampoco todos los pobres son virtuosos.
Admiro con todo el corazón al hombre que cumple con su deber tanto cuando esta ausen-te el jefe como cuando esta presente. Y el hombre que con toda calma toma el mensaje que se entrega para García, sin haber hecho preguntas tontas, ni abrigar aviesas intencio-nes de arrojarlo en la primera atarjea que se encuentre, o hacer cualquier otra cosa que no sea entregarlo, jamás encontrará cerrada la puerta, ni necesitara armar huelgas para pro-curarse aumento de sueldo.
Esta es la clase de hombres que se necesita y a los cuales nada puede negarse, son tan es-casos y tan valiosos, que ningún patrón consentirá en dejarlo ir.
A un hombre así se le necesita en todas las ciudades, pueblos y aldeas, en todas las ofici-nas, talleres, fábricas y almacenes. El mundo entero clama por él, se necesita, urge...
EL HOMBRE QUE PUEDE LLEVAR UN MENSAJE A GARCIA.








